A principios de 2025 —pleno enero, calor insoportable, ventiladores al límite— Hernán Casciari organizó un taller virtual de escritura que logró algo poco habitual: que muchas personas se sentaran a escribir mientras el verano hacía todo lo posible por evitarlo.
De ese taller surgieron veinticinco historias, seleccionadas y votadas por los propios talleristas. Relatos breves, intensos, muy distintos entre sí, pero unidos por una misma consigna: escribir y compartir, incluso cuando no parece el mejor momento para hacerlo.
Entre esas historias apareció, por primera vez mencionada públicamente, Los bicivoladores, un texto que con el tiempo terminaría marcando un punto de inflexión para mí.
Un texto nacido en un taller, empujado por la lectura colectiva
Los bicivoladores nació en ese contexto: el del ejercicio, el intercambio, la devolución inmediata. No como un proyecto “literario” en el sentido solemne del término, sino como una historia escrita para probar algo, para ver si funcionaba, para escuchar qué pasaba del otro lado.
La sorpresa vino después. El texto fue leído, votado y destacado dentro del taller, y su circulación —en la voz de los propios autores, en lecturas compartidas— terminó siendo un impulso decisivo para seguir escribiendo.
En ese momento todavía no lo sabía, pero ese cuento sería el germen de algo más grande.

Del taller al libro
Con el tiempo, muchas de esas preguntas que aparecieron en el taller —sobre la memoria, el movimiento, los vínculos, lo que se pierde y lo que vuelve— siguieron apareciendo en otros textos. Meses después, algunas de esas inquietudes terminarían decantando en Justo ayer, mi primer libro.
Mirado en retrospectiva, ese taller fue menos un evento aislado y más un disparador. Un lugar donde escribir dejó de ser algo que hacía a los costados del diseño, del trabajo, del día a día, y empezó a reclamar su propio espacio.


