Entre recuerdos de Mercedes, anécdotas de adolescencia, BMX, rock, cine y maestras que te abren la puerta al punk, la conversación derivó en algo que atraviesa todo el libro: una nostalgia luminosa, de barrio y de época, que todavía nos conecta con quienes fuimos.
La charla con Luis Hitoshi Díaz arrancó por donde tenía que arrancar: Mercedes. Antes de meternos en Justo ayer, evocamos los carnavales con carrozas, mascaritas que daban miedo y casas con patios enormes, de esos que hoy parecen casi una maqueta de la infancia. Ese territorio es el escenario afectivo del libro: la ciudad donde crecí, la infancia y la adolescencia que después se transformaron en relatos.
En la entrevista conté que Justo ayer funciona como un alter ego: el personaje, Justo, vive muchas de las cosas que viví yo en Mercedes, pero con una pequeña torsión de la realidad. El libro recorre su vida desde la niñez hasta la adolescencia, con situaciones que cualquiera que haya sido chico en los 80 y 90 puede reconocer: la cuadra, los amigos, la escuela, la radio, las primeras bandas de rock y las maestras que te cambian el mapa musical para siempre.
Uno de los ejes de la conversación fue la nostalgia. No esa nostalgia paralizante que idealiza todo, sino algo más vital, un recuerdo que ilumina. Como dije al aire, en el libro “hay nostalgia, pero es una nostalgia luminosa”: hay escenas duras, sí, pero el objetivo fue mirar el vaso medio lleno y darle a Justo una vida un poco más luminosa de lo que quizá fue la mía. Esa mirada es la que hizo que Luis, porteño hasta la médula, se reconociera igual en muchas escenas aunque su barrio fuera otro.
“Si bien hay nostalgia en el libro, siento que en realidad es una nostalgia luminosa. Hay pasajes duros, pero lo que busqué fue recordar y encontrarle a Justo una vida un poco más luminosa de lo que tal vez fue la mía.”
También hablamos del origen del proyecto. Justo ayer nace, literalmente, de una juntada con amigos. Cuando pasás los cuarenta, las reuniones empiezan a llenarse de anécdotas, mitos de colegio y momentos que se vuelven casi leyendas internas. Empecé a escribir algunas de esas historias, primero como ejercicio para nosotros. Cuando vi que había cierto volumen de material pensé: “esto puede ser un libro”. La primera devolución que recibí fue durísima y me dejó tambaleando, pero también me activó una especie de “te voy a demostrar que puedo hacerlo”.
Ahí apareció Hernán Moyano, guionista y amigo, que me dio la devolución que necesitaba: bajar la solemnidad y escribir desde mi propia voz. A partir de su lectura reescribí todo el material y busqué una segunda validación en un taller de Orsai, coordinado por Hernán Casciari. En ese taller nació “Los bicivoladores”, un cuento atravesado por las BMX, las películas de la época y esa sensación de que la cuadra era un universo infinito. El texto ganó en el taller y ahí sentí que el libro tenía corazón propio.
Durante el programa, Luis también se detuvo en la estructura de Justo ayer: no es una novela clásica, pero los relatos están hilvanados de forma tal que construyen un universo. Hay cuentos breves, otros más largos, algunos casi como postales o “aguafuertes” que encajan cuando ya estás metido en el mundo de Justo y sus amigos. Para ordenar ese mosaico, trabajé con una editora profesional que me ayudó a ver a esos amigos como personajes y a cuidar detalles que hacen a la coherencia interna del libro: cómo se viste alguien, qué escucha, qué gestos se repiten.
Otro capítulo de la charla estuvo dedicado a las historias que hoy circulan como mitos en Mercedes: el famoso busto que paseamos por la ciudad y devolvimos en un taxi, las travesuras escolares que no podrían repetirse en tiempos de cámaras y redes, y la manera en que esa memoria colectiva vuelve cuando uno regresa al pueblo con un libro bajo el brazo. Presentar Justo ayer en Mercedes fue, en parte, una excusa para reencontrarme con amigos, familia y caras que creía olvidadas.
También contamos una de las particularidades del libro: cada cuento tiene un QR que permite escuchar la versión narrada. Algunas historias están leídas por Hernán Casciari, otras por músicos como Manuel Moretti o voces invitadas que tienen alguna conexión con el relato. En algunos casos, la versión oral no es exactamente igual a la escrita, lo que abre un juego interesante entre la página y la voz.
Hacia el final, Luis abrió el juego a mi otra faceta: el trabajo como director creativo y diseñador de pósters para cine y música, desde Habitaciones para turistas hasta afiches para bandas como Estelares o Ella es tan cargosa. Esa “doble vida” entre diseño, storytelling y escritura explica en parte la forma en que está construido Justo ayer: como si fuera una pequeña película hecha de recuerdos, viñetas y personajes que podrían ser tus amigos de la cuadra.
Para quienes quieran leer Justo ayer, en la entrevista contamos dónde conseguirlo: a través de mi web, en la Tienda Orsai en el Paseo La Plaza, en Mercedes (librería Tiempos de Papel), en La Plata (Espacio Crumb) y en City Bell Libros. Y, si ya lo tenés, te invito a volver a algunos cuentos con auriculares: quizás ahí, entre una BMX, una radio de pueblo y un busto que se toma un taxi solo, también encuentres un pedazo de tu propia nostalgia luminosa.


