Siempre que me entero de que “Justo Ayer” aparece en otro país, me invade una mezcla de sorpresa y alegría difícil de explicar. Es una sensación chiquita y enorme a la vez: saber que un libro nacido en Mercedes, entre recuerdos, anécdotas y voces queridas, va encontrando su lugar en distintos rincones del mundo.
Ya hay ejemplares en Uruguay, Paraguay, México, Estados Unidos, España, Italia, Alemania, Reino Unido y muchos lugares más. Pero esta vez el viaje fue distinto. El libro llegó a la Antártida.
Sí, a la Antártida.
Y no como parte de una valija cualquiera, sino para quedarse en la biblioteca (lecture room) del barco El Ushuaia, un buque que transporta pasajeros y científicos de todo el mundo a través de las aguas más australes del planeta.
Allí, entre cuadernos de bitácora, mapas y manuales de investigación, Justo Ayer va a convivir con historias que cruzan océanos y glaciares. Y quizá, en alguna de esas noches de navegación, alguien lo abra para practicar un poco de español —argentino, por supuesto— y se encuentre con las aventuras, nostalgias y personajes de mi ciudad.
No sé si hay una palabra exacta para describir lo que se siente, pero mágico le queda bastante cerca.
Porque un libro que empezó como un experimento de autoedición, con cuentos que podían escucharse por código QR y portadas ilustradas por amigos, ahora se lee —o al menos, espera ser leído— en el punto más austral del planeta.
Quiero agradecer especialmente a Lucas Martí, quien tuvo esta idea maravillosa y la llevó a cabo con una generosidad enorme. Gracias por sumar a Justo Ayer a esa travesía que une ciencia, arte y curiosidad humana.
Los libros, al final, son eso: formas de viajar, incluso cuando uno se queda quieto.
Y este, de alguna manera, acaba de dar la vuelta completa.


